sábado, 1 de agosto de 2009

Los sueños y el futuro

Sin Sueños No Hay Futuro

Por Ricardo Sala-Núñez

Cuenta Jorge Valdano que un amigo del escritor Eduardo Galeano estaba impartiendo una conferencia en una universidad norteamericana. Terminada la exposición, un estudiante preguntó qué era la utopía.
El amigo de Galeano lo explicó con una metáfora: 'La utopía es como el horizonte, uno se acerca diez metros y él se aleja diez metros; avanzamos otros cien metros y él se aleja otros cien metros; volvemos a caminar mil metros y el horizonte siempre está a la misma distancia, ahora mil metros...
' El estudiante, con el sentido pragmático que caracteriza a los norteamericanos y que es tan bueno para algunas cosas, le dijo: '...Pero, entonces, la utopía no sirve para nada' Y el amigo de Galeano cerró la metáfora: '¿Cómo no?, sirve para caminar'.

Efectivamente, sirve para caminar. Los sueños, las visiones, las fantasías, sirven para caminar, ¿hacia donde? Si es rumbo al sueño mejor, pero si no lo es al menos nos moveremos de nuestro sitio.
Nuestra visión deberá incluso contar con eventualidades o descalabros, si llegan éstos serán también parte de nuestro sueño, por lo tanto nos seguiremos moviendo hacia nuestra meta, hacia nuestra visión específica con visión periférica.
Pensar sentado es difícil, corriendo es todavía más difícil, pero no tanto cuando se tiene una visión por compañera. Es difícil pensar y crear futuro sin una visión, sin una meta, sin un destino justificado a través de los medios.

Cuando uno sube a un taxi y el taxista pregunta, '¿a dónde lo llevo?' uno no puede simplemente decir: 'no sé, usted conduzca y haber que pasa'.

Nadie encuentra el éxito sin sentir la pasión de crear futuro. Se empieza con un viaje a la imaginación, con fantasía pura, construyendo el sueño y el anhelo convertido en motivación, emoción y satisfacción. De inicio se trata de un paraíso lejano.
A falta de visión imaginada, a falta de destino final, nos dejaremos llevar por acontecimientos que ni siquiera se encontraban en nuestra mente y tal vez sea muy factible que, si no estamos preparados, ese sueño desaparezca y caigamos.

El líder ve el final del camino, sabe perfectamente a donde va, evita que los acontecimientos lo lleven, y al contrario, él mismo construye los acontecimientos y prefiere su visión como transporte.
El líder visualiza el fin incluso antes de imaginar los medios, sin embargo éstos siempre deben de ser justificados por sus principios y valores humanos y éticos. Es un templo sin ladrillos aún, pero completamente terminado.
El líder inicia su visión como el niño que sueña con ser bombero o astronauta, y tendrá que ser muy valiente, ya que existirán malhechores que se burlen de sus horizontes por lo que tendrá que enfrentar al miedo de sentirse iluso.

El miedo no habita en la casa del líder, si toca a la puerta, habrá que abrirle y despedirlo lo más pronto posible. El niño fantasea y nadie lo tacha de soñador. Al adulto sus fantasías le avergüenzan, como si soñar fuera una regresión infantil, y de pronto y sin darnos cuenta, la vida nos va merendando hasta que nos pide que nos rindamos ante ella.

El líder requiere dosis altas de capacidad para soñar los detalles de su visión. Cuando se visualizan los propios sueños y los vamos construyendo a placer, nos encontramos en ese preciso momento construyéndonos a nosotros mismos.

Es ahí donde inicia la magia.


El poder de los simbolos

EL PODER DE LOS SÍMBOLOS

Cuenta una vieja leyenda que cierta ciudad situada entre las montañas de los Pirineos era un verdadero reducto de traficantes, contrabandistas y exiliados.
El peor de estos criminales, un árabe llamado Ahab tras ser convertido por Savín, un monje del lugar, decidió que aquella situación no podía prolongarse por más tiempo.

Como todos lo temían pero no quería volver a usar su reputación de malvado para lograr sus objetivos en ningún momento intentó convencer a nadie.
Y esto porque conocía la naturaleza de los hombres: confundirían honestidad con debilidad y enseguida su poder sería puesto en entredicho.

Lo que hizo fue llamar a algunos carpinteros de una aldea vecina, darles un papel con un dibujo y mandarles a que contruyesen algo.
Día y noche, durante diez días, los habitantes de la ciudad escucharon ruido de martillos vieron a hombres serrando piezas de madera preparando encajes, colocando tornillos.

Al cabo de diez días el gigantesco rompecabezas estaba montado en medio de la plaza cubierto con un velo.
Ahab llamó a todos los habitantes para que presenciasen la inauguración del monumento.

Solemnemente sin ningún tipo de discurso descorrió el velo.

Era una horca.

Con cuerda, trampillay todo.
Nuevecita, cubierta con cera de abejas para que pudiese resistir durante mucho tiempo a la intemperie.
Aprovechando que allí habia una multitud aglomerada Ahab leyó una serie de leyes que protegían a los agricultores, incentivaban la cría de ganado, premiaban a quien trajera nuevos negocios a la región, añadiendo que desde ese momento en adelante todos deberían conseguir un trabajo honrado o marcharse de la ciudad.
No mencionó ni una sola vez el 'monumento' que acababa de inaugurar.
Ahab era un hombre que no creía en las amenazas.

Al final del encuentro se formaron varios grupos.
A la mayoría le parecía que Ahab había sido engañado por el santo el cual ya no tenía la misma valentía de antaño y que era preciso matarlo.
Durante los días siguientes se trazaron muchos planes con ese objetivo.
Pero todos se veían obligados a contemplar esa horca en mitad de la plaza y se preguntaban:
"¿Para qué la puso allí?
Acaso la montaron para ejecutar a los que no obedezcan las nuevas leyes?
¿Quién está del lado de Ahab y quién no lo está?
¿Hay espías infiltrados entre nosotros?"

La horca miraba a los hombres y los hombres miraban la horca.
Poco a poco el coraje inicial de los rebeldes fue dando lugar al miedo.
Todos conocían la fama de Ahab, sabían que era implacable en sus decisiones.

Algunas personas abandonaron la ciudad o tras se decidieron a probar los trabajos sugeridos simplemente porque no tenían a dónde ir o como consecuencia de la sombra de aquel instrumento de muerte en el centro de la plaza. Algún tiempo después el lugar estaba en pazse convirtió en un importante foco de comercio en la frontera comenzó a exportar la mejor lana y a producir trigo de primera calidad.

La horca permaneció allí durante diez años.
La madera resistía bien pero periódicamente se cambiaba la cuerda por otra nueva. Nunca llegó a usarse.
Nunca Ahab pronunció ni una sola palabra sobre ella.

Bastó su imagen para convertir el valor en miedo, la confianza en sospecha, las bravuconadas en susurros de conformidad.

Transcurridos los diez años cuando la ley finalmente imperaba en Viscos Ahab mandó destruirla y construir en su lugar una cruz.

PAULO COELHO